Cuando la armadura deja de proteger y empieza a pesar

28 12/2025

Una lectura psicológica de El Caballero de la Armadura Oxidada, de Robert Fisher.

Hay armaduras que no se construyen para ocultar, sino para sobrevivir.
No aparecen de la nada ni son fruto de la vanidad. Se forman lentamente, como respuesta a un entorno, a vínculos, a exigencias, a miedos. El problema no es la armadura en sí, sino el momento en que deja de ser un recurso y se convierte en una prisión.

El Caballero de la Armadura Oxidada pone palabras —y metáforas sencillas— a algo que aparece de forma constante en la vida adulta: la dificultad para soltar aquello con lo que nos identificamos, incluso cuando ya no nos permite vivir con libertad.

La armadura del caballero no es solo un objeto. Es una identidad. Es una forma de estar en el mundo. Es aquello que le dio un lugar, un reconocimiento, una sensación de valor. Por eso no puede quitársela cuando quiere. Porque no se trata de metal, sino de algo mucho más íntimo: ¿quién es uno sin eso que lo define?

En los procesos subjetivos, en los vínculos y en la vida cotidiana, esta pregunta aparece una y otra vez. Personas que dicen sufrir, sentirse vacías, rígidas, desconectadas, pero que al mismo tiempo no pueden —o no quieren— renunciar a ciertas formas de ser. No porque no vean el problema, sino porque soltar implicaría perder algo más que una defensa: implicaría perder una identidad conocida.

La armadura protege del dolor, pero también del contacto.
Protege de la herida, pero también del deseo.
Protege del otro, pero también de uno mismo.

Y llega un punto en el que el sufrimiento no proviene de lo que ocurre afuera, sino del peso de esa protección que ya no se puede quitar.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es que el caballero no ignora su malestar. No vive en la negación. Sabe que algo no funciona. Sin embargo, eso no lo habilita automáticamente al cambio. Saber no es suficiente. Entender no es suficiente. Muchas veces, incluso, comprender demasiado bien por qué uno es como es puede convertirse en una forma más sofisticada de sostener la armadura.

Cambiar no es solo abandonar un síntoma. Es renunciar a una forma de organizarse psíquicamente. Y eso genera miedo. No un miedo abstracto, sino uno muy concreto: el miedo a no saber quién se es sin aquello que durante años dio estructura, sentido o reconocimiento.

Por eso el inicio del camino del caballero no es heroico. No hay épica ni entusiasmo. Hay incomodidad, frustración, resistencia. Como ocurre en todo proceso genuino de transformación.

Este libro no habla de superación rápida ni de soluciones mágicas. Habla, aunque sea de manera simbólica, de algo mucho más complejo: el momento en que uno empieza a darse cuenta de que seguir igual duele más que cambiar, pero cambiar todavía no parece posible.

Ahí es donde comienza el verdadero recorrido.

No cuando la armadura se rompe.
Sino cuando deja de sostenerSE.