La confianza y la confiabilidad en psicoterapia: un diálogo entre ética, ciencia y relación.

17 10/2025

La confianza es la base invisible sobre la que se sostiene toda relación terapéutica. Pero, ¿qué hace que un terapeuta sea realmente digno de confianza? ¿Y cómo se construye esa confianza sin caer en idealizaciones ni promesas imposibles? 

En psicoterapia, la palabra confianza aparece con frecuencia, casi con naturalidad. Pero, si la miramos con cuidado, no es un concepto sencillo. Como recuerda Jon G. Allen en su libro La confianza en psicoterapia (2024), la confianza no es un punto de partida, sino un proceso que debe crearse, mantenerse y, cuando se daña, repararse. Es una construcción delicada, un trabajo que se teje entre dos personas que se encuentran para explorar lo que duele y lo que aún puede sanar.

En el prólogo de la obra, Peter Fonagy escribe que la confianza es “la condición invisible que sostiene todo vínculo terapéutico.” No basta con confiar en la técnica o en la reputación del método; el paciente necesita poder confiar en la persona que encarna ese método, en quien escucha, pregunta, sostiene y, a veces, confronta.

De la confianza a la confiabilidad

Allen propone que, más que preguntarnos cuánto confía el paciente, deberíamos preguntarnos qué hace que el terapeuta sea confiable. En otras palabras, la confianza solo tiene sentido cuando se deposita en alguien que merece recibirla. Ser confiable no depende únicamente del conocimiento técnico, sino también de la integridad, la consistencia emocional y la capacidad de reconocer los propios límites. Un terapeuta confiable no es quien nunca se equivoca, sino quien se responsabiliza de sus errores y los usa como oportunidades para fortalecer el vínculo terapéutico. Como plantea el autor, “convertirse en una persona digna de confianza es una tarea ética y relacional que se renueva en cada encuentro.” (Allen, 2024).

La confianza como concepto “denso”

Siguiendo al filósofo Bernard Williams (1985), Allen señala que confianza y confiabilidad son conceptos “densos”: combinan hechos y valores. Describir a alguien como confiable no es solo una observación objetiva; implica también un juicio moral. En psicoterapia, esa densidad ética se traduce en responsabilidad: el terapeuta no solo maneja técnicas, sino también la esperanza del paciente en una relación reparadora. Por eso, la confianza no puede imponerse ni darse por supuesta. Se construye con presencia, coherencia, transparencia y cuidado. Y del mismo modo que aprendemos a confiar, también necesitamos aprender a desconfiar: distinguir entre vínculos seguros y aquellos que repiten patrones de daño.

La confianza mutua como motor de cambio

La psicoterapia funciona cuando la confianza es mutua. El paciente confía en que su terapeuta no lo juzgará ni lo traicionará; el terapeuta confía en que el paciente está haciendo su mejor esfuerzo para comprenderse y crecer. Esa confianza compartida abre la posibilidad de mentalizar, es decir, de pensar sobre los propios estados mentales y los del otro. Fonagy, pionero en este concepto, sostiene que la confianza es el terreno donde florece la capacidad de mentalizar, y sin ella no hay verdadero cambio psicológico.
Así, la relación terapéutica se convierte en un laboratorio de confianza: un lugar donde se puede reaprender a confiar en uno mismo y en los demás.

Aprender a confiar… y a ser confiables

Muchos pacientes llegan a terapia después de haber aprendido —con razón— a desconfiar. Su historia los protegió de vínculos dañinos, pero también los privó de nuevas oportunidades de conexión. En ese sentido, el trabajo terapéutico implica reaprender a confiar de manera proporcional a la confiabilidad del otro. El desafío para el terapeuta no es solo “ganar la confianza” del paciente, sino encarnar una forma de estar en relación que inspire confianza.
Esto requiere humildad, coherencia y apertura, pero también una vigilancia ética constante: la conciencia de que la confianza depositada en uno es siempre un acto de vulnerabilidad.

El arte de cuidar la confianza

Jon G. Allen concluye que “la confianza debe ser creada de nuevo en cada relación terapéutica.” No se hereda ni se garantiza por un título profesional: se construye en la mirada, en el tono de voz, en la manera de sostener el silencio o de preguntar sin invadir. Como terapeutas, aspiramos a que esa confianza que nace en el espacio clínico pueda extenderse más allá de él, hacia la vida cotidiana de quien consulta. Porque cuando una persona vuelve a confiar —en sí misma, en otro, en el mundo—, algo esencial se restaura. Y tal vez ese sea, en última instancia, uno de los mayores logros de la psicoterapia: ayudar a recuperar la capacidad de confiar sin ingenuidad, y de ser confiable sin arrogancia.

Referencia:
Allen, J. G. (2024). La confianza en psicoterapia. Prólogo de Peter Fonagy. Bilbao: Desclée De Brouwer.