La ilusión y su destino: una lectura desde Freud

06 02/2026

“El destino de toda ilusión es la desilusión”, escribió Freud.

No como una advertencia moral ni como una invitación al desencanto, sino como una constatación estructural: la ilusión se sostiene en el deseo, no en la realidad.

La ilusión no es un error que se corrige con información. Es una construcción psíquica necesaria, muchas veces vital, que organiza la espera, la esperanza, el sentido y la orientación del sujeto. Puede sostenerse en personas, pero también en proyectos, ideales, objetivos, creencias o imágenes de sí. En ese sentido, cumple una función: protege frente a la falta, al límite y a la incertidumbre.

Justamente por eso, su duración es finita. Cuando la realidad insiste, cuando lo esperado no se cumple, cuando el tiempo avanza o las condiciones cambian, la ilusión cae.

La desilusión no es entonces un accidente, sino un destino. Y también una pérdida.

Lo que suele doler no es tanto lo que ocurre, sino lo que deja de sostenerse: la fantasía de que algo —externo o interno— garantizará completud, estabilidad o sentido. En la clínica, la desilusión aparece con frecuencia como resistencia: el sufrimiento no proviene solo de la pérdida, sino de la dificultad para renunciar a una posición sostenida por la fantasía.

Sin embargo, no hay trabajo psíquico posible sin desilusión.
No hay transformación sin la caída de alguna ilusión fundamental.

La pregunta no es cómo evitar la desilusión, sino qué se hace con ella. Si se convierte en cinismo, repetición o retraimiento, o si puede abrir un espacio distinto: una relación más sobria con el deseo, con los límites y con lo posible.

Tal vez el verdadero trabajo no consista en dejar de ilusionarse, sino en soportar la desilusión sin apresurarse a construir otra ilusión que la tape.