Una lectura psicológica de El Caballero de la Armadura Oxidada, de Robert Fisher.
Después de reconocer el peso de la armadura y de advertir que ya no es solo una defensa sino una identidad, el caballero inicia el camino por los castillos. No se trata aún de liberarse de la armadura, sino de algo previo y más complejo: empezar a verse.
El castillo del Conocimiento suele leerse como el espacio del darse cuenta, del comprender, del insight. Allí el caballero empieza a entender aspectos de sí mismo, de su historia, de sus vínculos. Descubre que ha estado más ocupado en ser admirado que en estar disponible, más atento a la imagen que al contacto. Aparecen palabras para nombrar lo que antes solo se actuaba.

Pero el libro deja algo muy claro: comprender no es suficiente para transformarse.
En la experiencia subjetiva ocurre algo similar. Muchas personas pueden explicar con bastante precisión por qué son como son, de dónde vienen sus modos de vincularse, qué experiencias los marcaron. Incluso pueden narrar con lucidez sus conflictos. Y, sin embargo, eso no siempre se traduce en cambios reales. El saber, por sí solo, no desarma la armadura.
El castillo muestra justamente ese límite: el de creer que verse equivale a modificarse. El de suponer que, una vez entendido el problema, la solución debería venir sola. Pero la armadura no cae por comprensión; cae cuando algo de la experiencia interna empieza a moverse.
Luego aparece el último castillo, que ya no trabaja sobre el saber, sino sobre el encuentro con uno mismo sin mediaciones. Allí no hay explicaciones, hay confrontación con lo que se ha evitado: el miedo, la tristeza, la soledad, la propia vulnerabilidad. No es un espacio cómodo ni ordenado. Es, más bien, un lugar de desorganización necesaria.
Desde una lectura psicológica, este momento se parece mucho a esos tramos de los procesos subjetivos en los que las defensas empiezan a ceder, pero todavía no hay una nueva forma de sostenerse. Lo viejo ya no funciona, lo nuevo aún no está disponible. Y eso genera angustia, confusión, sensación de retroceso.
Muchas veces, en ese punto, aparece la tentación de volver atrás. De retomar el personaje conocido, la narrativa estable, la identidad que al menos ofrecía coherencia. No porque fuera buena, sino porque era familiar. El castillo final confronta justamente con esa encrucijada: quedarse en lo conocido o atravesar la incomodidad de no saber.
El caballero no se libera porque “aprendió la lección”, sino porque atraviesa una experiencia de derrumbe del personaje. No hay triunfo heroico. Hay caída de la imagen, pérdida de la ilusión de control, aceptación de la propia fragilidad.

Y eso es clave: la transformación no ocurre cuando uno se vuelve más fuerte, sino cuando puede dejar de sostenerse solo desde la rigidez.
Los castillos, entonces, no representan etapas de superación, sino momentos de desarme. Cada uno quita algo de la estructura que mantenía al personaje en pie. Primero cae la fantasía de que entender basta. Luego cae la ilusión de que se puede cambiar sin atravesar el malestar.
Desde esta perspectiva, el libro no propone un camino de autoayuda optimista, sino algo mucho más cercano a los procesos reales de cambio: lentos, incómodos, llenos de resistencias y retrocesos, donde lo más difícil no es comprender, sino tolerar la caída de las certezas que nos organizaban.
El recorrido del caballero no avanza hacia una versión mejorada de sí mismo, sino hacia una versión menos defendida, menos sostenida por la imagen y más abierta a la experiencia. No hay promesa de completud, solo la posibilidad de un contacto más genuino con uno mismo y con los otros.
Y quizás por eso los castillos no son el final del camino, sino el punto en el que, por primera vez, el caballero deja de huir de sí mismo.
Ahí, recién ahí, algo empieza a ser posible.

