Reclamar un lugar que no se ocupa

16 12/2025

Hay personas que, aun siendo adultas, siguen viviendo desde una etapa anterior de su vida. No porque el tiempo no haya pasado —el tiempo pasa para todos— sino porque algo de su posición subjetiva quedó fijado allí. La vida avanza, cambian las exigencias, los vínculos, las responsabilidades, pero internamente se sigue respondiendo como si nada de eso fuera del todo propio.

Esto suele hacerse visible cuando aparecen quejas persistentes: no se me tiene en cuenta, no se me reconoce, no se me da el lugar que merezco. Sin embargo, cuando se observa con más detenimiento, emerge una contradicción central. Se reclama un lugar adulto, pero se sostiene una manera infantil de estar en el mundo. No se trata de una falta de inteligencia ni de capacidad, sino de una posición desde la cual se espera que el otro cuide, sostenga, conceda o repare.

El entorno no responde solo a lo que decimos ser, sino —sobre todo— a cómo nos comportamos. La forma en que pedimos, exigimos, nos frustramos, asumimos o evitamos responsabilidades va construyendo el lugar que ocupamos en los vínculos. Pretender ser tratado como adulto mientras se espera que otros resuelvan, contengan o garanticen como a un niño genera inevitablemente conflicto. No porque el entorno sea hostil, sino porque responde a la posición que se le presenta.

Aquí aparece una trampa frecuente: desear los beneficios de la vida adulta —autonomía, reconocimiento, libertad— sin asumir el costo que implica ocupar esa posición. Porque ser adulto no es un título que llega con la edad, sino una forma de responder por uno mismo, de tolerar la frustración, la falta y la responsabilidad de las propias decisiones. No se trata de endurecerse ni de volverse autosuficiente a la fuerza, sino de dejar de esperar que el sostén venga siempre de afuera.

Cuando esta lógica no se modifica, no hay verdadera evolución, sino repetición.

Permanecer o moverse: el costo de una posición

Se repiten escenas, conflictos y sensaciones conocidas, aunque cambien los escenarios. Por eso muchas personas tienen la vivencia de que “siempre les pasa lo mismo”, de que los otros no valoran, no responden o no están a la altura. La pregunta deja entonces de ser únicamente qué hace el entorno y pasa a ser desde dónde me estoy posicionando yo.

Dar el salto a una posición adulta implica una pérdida. Se pierde la garantía de cuidado automático, la atención asegurada, las concesiones por fragilidad. Pero también hay una ganancia: la posibilidad de construirse un lugar propio, no otorgado por otros sino sostenido por uno mismo. Muchas veces lo que detiene ese movimiento no es la incapacidad, sino las ganancias invisibles que se mantienen al quedarse en una posición infantil: ser cuidado, ser excusado, no decidir, no arriesgar, tener a quién reclamar.

Esta contradicción suele reproducirse de manera silenciosa en los vínculos, en la pareja, en la familia o en el trabajo. Se espera reconocimiento y consideración sin asumir del todo la función que ese lugar implica. Cuando el otro deja de sostener ese equilibrio implícito, el malestar aparece con fuerza y suele vivirse como injusticia, abandono o falta ajena, cuando en realidad señala algo no asumido de la propia posición.

Cuando el malestar se repite, no siempre indica que el entorno falle. A veces señala un desajuste entre el momento vital y la posición subjetiva desde la que se responde. Algo de la vida empuja a un movimiento que todavía no se ha podido hacer. El pasaje a una posición adulta no es un evento puntual ni un logro definitivo, sino un proceso irregular, con avances y retrocesos.

Tal vez la pregunta no sea cuántos adultos se comportan como niños, sino qué se pone en juego cuando la vida deja de aceptar una posición que ya no alcanza. Qué habría que soltar, qué habría que asumir y, sobre todo, qué lugar propio podría construirse si en lugar de seguir reclamando, uno se animara a responder desde otro sitio.